Por Soledad Vallejos
La
escuela es el lugar en el que se refleja la discriminación en la
sociedad.” Ese es el planteo que, aun cuando no lo estructura, se
desprende con el correr de las páginas de Escuelas seguras. El derecho
de cada niña, el informe (basado en denuncias, datos de ONG, Naciones
Unidas y fuentes académicas) que Amnistía Internacional presentó como
parte de su campaña de 2008, “No más violencia contra las mujeres”. Y
es que más allá de los datos sueltos, de los gravísimos casos que
suelen relatarse en las páginas de noticias de tanto en tanto, de la
indignación y el dolor que concitan episodios particulares, de lo que
habla el informe es de la primacía, en sociedades de todo el mundo (no
sólo Occidente, no sólo lo que los organismos internacionales entienden
como zonas conflictivas del Tercer Mundo, no sólo en Medio y Lejano
Oriente, con los peligros del relativismo cultural), de estructuras de
poder diferenciadas por género que no se perpetúan por casualidad. Que
la reproducción de relaciones de privilegio, poder y sumisión es una
tarea cotidiana no es ninguna novedad, pero justamente en esa
naturalidad del día a día es que se juega gran parte de su capacidad
para persistir: en lo invisible continuado se perpetúa, con mutaciones
a veces, pero ante todo sin perder fortaleza. El caso, claro, estriba
en una dificultad primordial: ¿cómo verlo? Y también: ¿cómo reaccionar
ante eso que, enunciado, tiene la capacidad de provocar las más
virtuosas de las reacciones (declamativas, por lo general), pero
actuado, ejercido, pasa inadvertido y hasta resulta aceptado como
inevitable?

Niñas romaníes en una escuela de Braila, Rumania.
“La violencia —plantea Escuelas... de AI— es un medio de control y
regulación.” Las situaciones de violencia de género, lo saben quienes
trabajan con ella o prestan algo de atención al tema, suelen tener
amparos muchas veces insospechados, en gran parte gracias a que suele
entenderse como un comportamiento violento sólo a aquel que actúa sobre
el cuerpo. Hay quienes, ante la falta de evidencia visible (un moretón,
un rasguño), tienden a negar que exista. Y sin embargo en esas
coacciones que no precisan de un abordaje del cuerpo anidan los
principios de todo lo demás: en “culturas machistas que aprueban la
violencia basada en el género y tratan a las mujeres y a las niñas de
manera distinta a los varones”, en un mundo en el que “los hombres
siguen teniendo más poder y privilegios”, resulta consecuente que los
modelos femeninos estimados se asocien a conductas pasivas, algo que
terminan avalando y hasta estimulando “normas de conducta (que)
refuerzan las desigualdades de género en el entorno escolar”. Que los
niños peleen y se dediquen a juegos violentos, que las niñas ayuden a
sus docentes y colaboren con la limpieza y el orden no resultan
asignaciones ni tan naturales ni tan inocentes. Pero no son ésos los
únicos gestos que, en su continuidad, fermentan la continuidad de la
desigualdad: “Cuando no existen mecanismos de denuncia, vigilancia y
respuesta ante la violencia contra las niñas e impera la impunidad, la
violencia basada en el género es más frecuente”. Más allá de
legislaciones locales y nacionales (que existan o no, que se apliquen o
no), AI enfatiza en una necesidad todavía más urgente, y es la de que
las y los adultos testigos de estas situaciones comprendan cuán valiosa
puede ser una reacción solidaria con niñas y jóvenes que se ven ante
una situación violenta. Y es que el silencio termina actuando como
permiso, o peor aún, como complicidad. Tan difícil resulta, inclusive a
nivel macro, comprender esto que AI señala una omisión notable: “En los
Objetivos de Desarrollo de Milenio (N. de R.: los ocho objetivos
acordados, en 2000, por más de 190 gobiernos como parte del plan para
contribuir a la erradicación de la pobreza a través de la acción de
países desarrollados y en vías de desarrollo) no se ha tenido en cuenta
la importancia que reviste en materia de educación la necesidad de
poner fin a la violencia contra las niñas”, habida cuenta de que, aun
cuando entre sus metas figuren la educación primaria universal y la
igualdad de género, “miden el progreso (...) por el número de niñas que
asisten a clase, sin intentar abordar la violencia y la discriminación,
que afectan tanto a la calidad de la experiencia educativa de las niñas
como a su acceso a la educación”.

Una
niña, hija de un trabajador empleado en laconstrucción de carreteras,
sostiene una azadamientras un grupo de escolares pasa a su lado en
Nueva Delhi, India.
Tanto la imposibilidad de asistir como el hecho de que ir a la
escuela se convierta en un pequeño infierno para una nena tiene
consecuencias más graves y de largo plazo que un sufrimiento presente:
“Reduce sus oportunidades de conseguir cierta independencia económica;
aumenta las probabilidades de que contraigan matrimonio a temprana
edad, situación en la que se da un alto índice de problemas emocionales
y físicos; agrava considerablemente el riesgo de que contraigan VIH y
de que mueran al dar a luz, y hace que les resulte más difícil
desenvolverse bien en la sociedad y reivindicar sus derechos”.
Básicamente porque sólo se puede reclamar aquello que se conoce y se
considera legítimo, una niña con acceso problemático a la educación se
convierte, con los años, en una mujer que no puede conocer ni terminar
de comprender sus derechos, incluyendo entre ellos los vinculados a la
salud, por lo que, en el mediano plazo, “la negación del derecho a la
educación menoscaba el derecho a la salud”.
Volvemos al principio: los pequeños gestos, ¿cómo se cuantifican?
La nota fue extraida de LA 12